Encarnación

noviembre 5, 2010 at 11:24 pm 4 comentarios

Un texto de 2005, leído anoche en el ciclo BombPlan, en una mesa compartida junto a los poetas Alejandro Crotto, Victoria D´Antonio y Martín Rodriguez. Gracias a Huang, Claudia, Yaki, Paula por invitar a desempolvar hojas de ruta.

 

Encarnación

Es una mañana fría y sin color, el primer domingo de descanso después de las dos paradas iniciales del viaje. Martín y yo subimos en la terminal de Posadas a un viejo micro con destino a Encarnación, nos sentamos, hay que esperar 15 minutos. De unos parlantes llegan las voces de unos locutores paraguayos y unas canciones melódicas en guaraní. El chofer, los pasajeros, el micro entero ya es Paraguay. La mayoría de los que viajan lleva pequeños bolsos de mano y no demuestra ningún interés por las ventanillas, una vez que el micro se pone en movimiento: los barrios de la periferia de Posadas, varias plazoletas, unos monoblocks, alguna que otra fábrica cerrada, dos hermanitos de la mano aparecen entonces solo para nuestras miradas. Los otros pasajeros parecen esculturas que viajan de un país a otro con la mirada fija hacia delante, inmóviles, callados o dormidos. Algo me tiene nervioso y no sé que es, tengo un mal presentimiento, pero prefiero no decírselo a mi amigo. Se me caen las monedas del bolsillo roto del pantalón y las recojo, él se divierte con mi torpeza. Al rato cruzamos el puente sobre el río. Las monedas se me caen otra vez, haciendo más ruido que antes, ahora ruedan hasta la mitad del pasillo. Algunas esculturas captan la escena con un leve movimiento de pupilas. Junto una por una las monedas haciendo equilibrio y pensando en lo ridículo de la situación, atravesar un río, una frontera así.

Calles semidesiertas, perros despatarrados, pocos puestos abiertos, los pasos cansinos de una pareja de viejos. Encarnación en domingo podría ser el escenario de un western triste o sin humor. Nadie sonríe, o así veo el mundo hoy. Con solo bajar del micro, Martín y yo nos convertimos en el foco de las miradas de los vendedores. Somos dinero. Nos detenemos ante una tienda de ropas. Miramos por mirar unas remeras. La Renga, Callejeros, Bersuit… no hay frontera para la argentinidad al palo. Caminamos observando el contraste entre las edificaciones de casas bajas con toldos metálicos a punto de derrumbarse y unos productos electrónicos relucientes en sus blisters. Intentamos descifrar a cada paso este extraño oasis capitalista montado sobre la precariedad. Al llegar a una esquina Martín señala un puesto callejero y nos acercamos. Le pide al vendedor un par de gafas de vidrios rojos como la sangre y se las coloca. ¿A ver cómo es la realidad en rojo?, dice. ¡Uh, buenísima! El puestero lo mira sin la menor simpatía y yo, que sigo bastante inquieto, tampoco digo nada. ¿Y en amarillo como será?, dice cambiando un par por otro, mientras busca un espejo. Observo los ojos del puestero y luego a Martín con sus anteojos amarillos. Te quedan muy bien, le digo. A ver, probátelos, propone. Me pongo las gafas y la realidad amarilla aparece fulgurante. Si hoy no me costara sonreír lo haría justo ahora. ¿Y cómo será la realidad en aquel azul? dice mi compañero y agrega, permiso jefe. De pronto me parece que el tiempo se detiene en torno a Martín que va pasando de una realidad a otra sin ninguna prisa. Hay tantas realidades como colores, de eso ya no quedan dudas. El puestero sigue tan inexpresivo como antes cuando le llega el turno a la realidad verde. Yo pienso en la eternidad como una serie de gafas infinitas y en mi amigo que está allí para probárselas. Gracias, dice finalmente, e intenta ubicar los anteojos en el exhibidor tal cual los encontró. Una tarea complicada. Intento ayudar, pero tampoco logro restablecer el modesto orden. Le entrego el último par de anteojos al puestero, para quien ya no existimos, y cruzamos la calle.

Quince minutos más tarde, Martín y yo nos desencontramos en un punto que habíamos acordado. A partir de ese momento seguimos el paseo cada uno por su lado. Compro en una tienda una mochila roja, regateando un poco el precio, y con ella colgada de mis hombros, sin nada en su interior, camino por la ciudad. De a poco la zona comercial va quedando tan vacía como mi mochila. Me acerco a la orilla del río y me siento, el agua golpea sobre el costado de un barco encallado. En la vereda costera unos hombres baldean unos autos y una camioneta. Observo la ciudad de Posadas en el horizonte. Trato de dibujar un mapa en mi cabeza y fijar allí un puntito, que vendría a ser yo.

Ya tengo hambre. Sé que mi compadre no va a aparecer, camino hasta una esquina y allí espero que algo ocurra. Veo que se acerca un colectivo, se detiene, subo. Pago mi boleto a no sé a donde. Por la ventanilla busco algún restorán pero no aparece ninguno, la ciudad parece clausurada. Persianas bajas, locales cerrados, ¿dónde está la gente? Cuento cinco, seis FM evangelistas. Ningún bar. A los veinte minutos jalo de una cuerda que agita una campanilla y el colectivo se detiene. Bajo, entre cuchicheos, y camino un par de cuadras. Viene un auto. le hago señas, resulta ser un taxi. Le pregunto al chofer dónde puedo comer algo y me dice que estoy en el lugar menos indicado. Observo por encima del auto en todas las direcciones, veo el cielo que se va oscureciendo, nubes de tormenta, subo. A través del espejo retrovisor el hombre me mira y sonríe. Me dice que no puede creer la suerte que tuve de que se le antojara pasar por esa calle. Es bastante simpático y charlatán. Le gusta hablar de la Argentina, de sus hermanos que viven en San Miguel y de esos años en que trabajó en Vicente Lopez, allá por los noventa. Mientras avanzamos por una avenida rodeada de galpones, el hombre me promete el mejor tenedor libre de Encarnación. ¿Se va a quedar muchos días? Solo unas horas, le digo. Me esperan esta noche en Posadas Mañana tengo que estar trabando en Misiones. ¿Y entonces qué hacía ahí donde lo levanté?, dice y vuelve a sonreír.  Llegamos. Antes de despedirse me da su tarjeta personal y me ofrece compañía por unos pocos pesos. Para el postre, piénselo, son bonitas. Y se aleja con unos bocinazos.

Deben ser las cuatro de la tarde. El comedor me parece gigante, todavía hay bastante gente comiendo. Escucho la música que viene de un pequeño escenario. Un hombre muy alto con una camisa roja y una mujer con una blusa de lentejuelas, cantan micrófono en mano, junto a una chica de anteojos que los acompaña con un órgano. Dos niñas juegan con globos delante del escenario y el resto de los comensales tampoco le presta la menor atención al show. Busco un plato. Termina “A mi manera” y se oyen unos tibios aplausos. Me gustaría acompañarlos pero no puedo, sostengo una pinza frente a una góndola de frituras fluorescentes. Entregado a la comida, ya en una mesa cercana al escenario, me acuerdo de Martín ¿Qué estará haciendo?

Una hora más tarde, parado junto a una ruta paraguaya, fumo un cigarrillo y pienso en mi viejo. Tal vez la música en el tenedor libre me hizo recordarlo, esa canción de Django que sonó en algún momento, o fue el peinado del cantor que me recordó a su vecino, el Paragua, con el que solía jugar al truco en el patio del conventillo. No lo sé. Pudo ser el ofrecimiento del taxista o quizás esos carteles que desde hace varios días veo cerca del hotel: Vivero Posadas, Repuestos Posadas, Panificados Posadas. Con estos pensamientos observo el cielo nublado de Encarnación. El viento que moldea allá arriba, suavemente, la manta de nubes grises y le abre un hueco, como una mirilla. Por un instante, en ese pequeño círculo celeste, como si fuera el tapón que faltaba, asoma el sol. Es una especie de eclipse a la inversa, que dura menos de un segundo. Las nubes desarman el círculo y la imagen se diluye. Con ese aro de luz en la retina observo los vehículos que van y vienen por la ruta. Una familia entera a bordo de una moto, micros, ráfagas de 4×4. Termino el cigarrillo, media hora más tarde llega el internacional y subo.

Nos reencontramos con Martín en el hotel, a las diez de la noche. Sobre la cama están tendidas sus compras de frontera: un discman, un cargador de pilas recargables, varios cds truchos. Llegan los otros compañeros, que también anduvieron comerciando. Te vimos en la ruta, ¿puede ser?. Alguien desembala un reproductor de DVD de plástico blanco que parece más un radio reloj de juguete que otra cosa. Estirando los cables que vienen en la caja logramos conectarlo a la TV, funciona. Un compilado de clásicos de Marley a bajísimo volumen, porque los parlantes de la tele no dan más, solo alcanza para mover los pies. Golpean la puerta. Llegan las chicas de la habitación de al lado, Elbio enciende un paraguayo, y se apagan las luces. El resplandor azul que viene de la pantalla tiñe la habitación. Hay que hacer silencio para que el sonido de la música parezca amplificado. De a poco lo vamos logrando, el humo azul nos rodea. Terminamos todos bailando, arriba y a un costado de las camas. Una habitación para tres pasajeros convertida en una especie de boite de bajo voltaje. Es un momento de total comunión, los ojos abiertos o cerrados, dedos de alguien acostado que se mueven al compás de la música. Lo veo a Martín bailar Could you be loved junto a la puerta del baño y con él las imágenes de este domingo desfilan y danzan también: las esculturas en el micro, la realidad en rojo, amarillo, la eternidad, las aguas del Paraná, los músicos del tenedor libre, el aro en el cielo, la mochila liviana, mi tristeza evaporada.

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4 comentarios Add your own

  • 1. rodrigo  |  noviembre 21, 2010 en 1:03 pm

    bueno.. muy bueno

    Responder
    • 2. diegomaxiposadas  |  noviembre 21, 2010 en 4:42 pm

      muchas gracias Rodrigo!

      Responder
  • 3. luli  |  febrero 11, 2014 en 1:37 pm

    muy bueno. gracias!

    Responder
    • 4. diegomaxiposadas  |  febrero 24, 2014 en 4:29 pm

      Gracias por el comentario, Luli

      Responder

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