Archive for octubre, 2011

Presentación de la revista Al oído 1

Amigos, los espero en la presentación de la revista AL OIDO. Quienes quieran participar del taller de stop motion y hacer bailar a sus personajes de papel, tienen que anotarse, manden un e-mail y listo: aloidorevista@gmail.com

Esta revista nace para celebrar la escucha desatenta que de a poco se vuelve el latido de otro. Oir mal al hombre o la mujer para apreciar mejor al mono. Oir como la mona. Bailar un acople. Hacernos eco de los que ¿se fueron? o pasan delante de nosotros. Si cada cuerpo es un frankeinstein que no termina de conocerse, aquí calibraremos las orejas prestadas para intentar llegar al centro de esta cueva de resonancias que somos.

En breve en librerías y kioscos, o por pedido a este mail: aloidorevista@gmail.com

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octubre 26, 2011 at 1:58 am Deja un comentario

Haruo Ohara (1919-1999), fotógrafo

Haruo Ohara (1919-1999), fotógrafo

Texto y dibujo publicados en la revista Tokonoma 14.

 

Hoje você vê a flor, agradeça semente de ontem: Haruo Ohara

Preto-e-branco. Campo y cielo. Trabajo y descanso. Exuberancia y austeridad. El esfuerzo y la pausa para un cigarro. La colonia Ikku es un terruño de opuestos en armonía. Allí se siembra y se juega.

Están cerrando la galería, con cortesía me lo hacen saber por segunda vez. Le digo al seguranza que sí, que ya termino. Apuro el dibujo. Guiado por el sentimiento que me hace pensar que nunca más veré estas imágenes copio a lápiz, como puedo, en mi anotador, figuras que en las fotos ocupan casi un metro de pared del Instituto Moreira Salles. Ni se me ocurre que mañana u otro día pueda regresar y seguir mirando, o que haya un catálogo de la muestra. Cautivado por las fotos, creo solamente en el paisaje que tengo delante de mi, en este instante del que no quiero ser arrancado.

Habría que pisar tierra descalzos, para entender mejor estas fotos.

Siluetas humanas, a contraluz, brotan de la tierra como una extensión de ella misma (1941). Un hombre recortado contra las nubes de la mañana hace equilibrio con su asada. Es Haruo Ohara, en uno de sus tantos autorretratos (1952). Las herramientas de cosecha y los cuerpos labradores ceden sus rasgos para fundirse, como en el tangram chino, en una totalidad gozosa.

Me detengo ante una vitrina, allí están reunidas las pertenencias de la familia Ohara: maletas de cuero, diarios, cuadernos contables, cartas. Pienso en el Japón del Kamishibai por las calles, mientras dibujo un viejo pasaporte. De la provincia de Kochi, en el sur de Japón, a la naciente Londrinas, ciudad agrícola y de pequeñas industrias, en el norte del estado brasileño de Paraná. Ko, su mujer, sus hijos, hermanos, sobrinos serán retratados a lo largo de 50 años de labranza.

Quisiera la banda sonora de estas fotos: el chamisen de la abuela Umeji (1941), el golpe del agua de chuva que se derrama desde un tejado (1949), las vueltas del molino de agua al costado del canal Reibeirao Jacutinga (1957), el viento que sacude el cafetal / el llamado de la locomotora, (1950), el paso de las motonetas que bordean las plantaciones (1958), el ruido de los cascos de la yegua Violeta de regreso a la finca. Al grito de arre, sin soltar las riendas, Ohara fotografió su propia sombra, de regreso a casa, por el camino de tierra (1947).

Se asoma otro empleado de la galerìa. Cierro el cuaderno y salgo a una avenida paulistana. Marea el contraste de mundos. En el subterráneo sigo pensando en la finca Ikku, en ese Japón rural transplantado al Brasil.

Regreso al día siguiente. Un jardín de inmensas flores (dalias, sotetsu) y frutos (jabuticabas, jacas, milho, caqui, sabao, feijao, café). Y sombras. Presentes en muchas de sus fotografías. Me pregunto si a Haruo Ohara no le divertía retratar sombras bajo el sol, y los cuerpos que las proyectaban quedaban registrados en calidad de invitados.

Seguir dibujando me vuelve detective. Intuyo el movimiento de algunos instrumentos que van de foto en foto, de año en año. Como guías fantasmales en una visita por la finca. Una escalera de madera que usa Hideomi, hermano de Ohara, para la colecta (1946), aparece luego en campo vecino como trampolín de un experimeto infanil: María, hija de Ohara, se arroja intentando volar con un paraguas (1955). Lá cámara, cómplice, perpetúa esa utopía, allí queda la niña en el aire. En otro autorretrato veo a Ohara cargando semillas en una matraca (plantadeira) de madera (1943), juraría que es la misma que aparece retratada, como una celebridad de madera, junto a una bolsa de porotos blancos en uno de tantos bodegones (1949)

Amateur, en portugués se dice amador. Ser un fotógrafo amateur, amador. Eso eligió Haruo Ohara (1919-1999), campesino y artista. En la penumbra rojiza del laboratorio fue un buen alumno de los manuales fotoclubistas de la época, pero al rayo del sol del mediodía, inventaba reglas propias para la creación de pausas que revelen el paso de los días, sus ciclos y sus cambios. Su mirada nunca perdió el goce infantil, la sorpresa, y la gratitud. Incluso en los retratos de sus últimos días, ya sin su esposa y habiendose visto forzado a vender sus tierras, para que allí se construya un aeropuerto

¨Hoje você vê a flor, agradeça semente de ontem¨, anotó en una de sus libretas.

dmp

 

http://revistatokonoma.blogspot.com/

octubre 13, 2011 at 9:05 pm Deja un comentario


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