Más Moleskine

enero 2, 2013 at 10:35 pm Deja un comentario

Recupero  algunos textos volcados en la libreta Moleskine que me acompañó en los viajes de 2005-2006, cuando fui tallerista de cine, en el proyecto “Subite al Colectivo”. Estas notas de la bitácora de viaje-laburo fueron luego publicadas junto a algunos dibujos a lápiz, en la revista Camalote #1, editada por Julia Masvernat, Viviana Blanco, Elisa Estrada, Paula Galli, Valeria Maculán,  Rosana Schoijet

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La Cocha, Tucumán

Liber y yo jugamos a ponerle un nombre. Por primera vez su taller y el mío se fusionan. Sombras Cartoneras, Cine Haiku. Son las nueve de la mañana y en un aula pequeña les mostramos a los chicos un video sobre el origen del cine: sombras chinescas, juguetes ópticos, el taumátropo, las primeras vistas de los hermanos Lumiere, los trucos de Mellies. De ahí, saltamos en el tiempo, como la rana famosa de Basho, pero hacia atrás, para explicar la brevedad del haiku. Los chicos nos escuchan y toman nota. Empiezan a escribir.  

Poco a poco empiezan a acercarnos sus tres versos.

 

A la tiniebla / nació un conejo / con sus hermosos dientes.

Una mañana / un niño sale de su casa / y se asusta con una vaca.

 

Recortan con el cutter cerros nevados, pájaros, nidos, calles lluviosas, soles. Segunda mañana y siguen construyendo siluetas de carton: estrellas, un perro, corazones, un camino, hierba, un hotel, postes de luz. Salimos de la escuela para juntar ramas, varillas que van a sostener las figuras caladas.

Tercer día, preparamos la función para la cámara. Colgamos una tela blanca y apagamos las luces. Afuera se escuchan ruidos de otros talleres. Liber enciende los focos dirigibles (él los llama tachos), dos chicas los sostienen con ambas manos. En la penumbra uno a uno van pasando los haikus a contraluz. La cámara registra: un aro de luz azul se vuelve rojo, movimiento de unas manos, las voces de los chicos susurrando, imitando palomas, el mugido de una vaca, risas…  

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La Esperanza, Jujuy

Ella me lleva a ver una tumba solitaria, una cruz de 1979 que descubrió cerca de su casa, al costado de un caminito, no muy lejos del ingenio. Son casi las seis de la tarde, la clase ya terminó pero ella y casi todos los chicos insisten en que vayamos hasta la Casa blanca.

La Casa blanca es una mansión abandonada, el palacio de los hermanos Leach, los ingleses que fundaron La Esperanza. Sus salones del siglo pasado ahora son ruinas, no hay techos, sobre las antiguas baldosas hay escombros, cachos de pared y cosas que los intrusos dejan. El pasto crece en cada habitación. En uno de esos cuartos vacíos los chicos se sientan en ronda, para seguir inventando su historia de apariciones. Yo me tengo que ir, me esperan en la combi, los guionistas se quedan trabajando.

 

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Nuestra Señora del Carmen, Jujuy

 

Estoy solo. Tomando una cerveza sentado a la puerta de una despensa en Nuestra Señora del Carmen, Jujuy. Ladran perros y a cada rato pasa un falcon con parlantes que anuncia el acto del candidato a senador, un tal Gerardo Morales del frente jujeño. Cae la tarde y el cielo está celeste.

Dos niños de unos nueve años pasan caminando, acompasados, hablando en voz baja. Se les nota la amistad. Yo disfruto  de sus voces y de cada sonido en la calma de esta calle. Así descanso de un día caluroso, extenuante.

 

Por la mañana, bien temprano, un grupo de chicas me llevó de paseo por las calles de Monterrico, hasta un canal que bordea las plantaciones. En ese lugar nos sentamos a pensar, a invocar con preguntas la historia que mañana queremos empezar a rodar.

 

Se trata de algo así: una misteriosa caja viaja en el agua hasta que un grupo de niñas pescadoras la recoge. Cuando se asoman para ver en su interior hay como un hechizo, un encantamiento, una de las chiquitas se asusta, otra grita, otra llora, otra se desmaya. Tras esto deciden enterrar la caja en un baldío y que jamás se sepa lo que contiene. La aparición de un hombre al que no le veremos el rostro que desentierra la caja y la lleva de nuevo a su cauce termina la fàbula.

 

Cuando todas parecieron de acuerdo, nos pusimos de pie y empezamos a buscar locaciones. Llegamos a un baldío y estudiamos el terreno, troncos quemados, piedras, silencio. Regresamos a la escuela para escribir el guión técnico. En el camino de vuelta, muy contentas, cantaban a coro una canción de Miranda. De vuelta en el aula ensayamos una suerte de efecto sonoro para usar mañana, coro de estertores para ese instante en que cada niña abre la caja y se asoma. Se propusieron varios títulos y quedó “Lo que trae el agua”.

 

Por la tarde también caminé mucho. Salí de ronda con el otro grupo. Una hora hasta llegar al interior de una tabacalera. Allí viven varias familias, trabajadores, varios de los chicos que vienen el taller.

Surgió la historia de un niño que trabaja entre las plantas de tabaco bajo el sol y se desmaya. Me iban contando por el camino que casi todos hicieron ese trabajo alguna vez.   Llegamos a una tranquera y nos cruzamos con el patrón, un hombre de 60 años en una 4 x 4 blanca. Se está construyendo una mansión tipo Dinastía en la entrada de la finca. Le expliqué que los chicos querían hacer unas tomas en las plantaciones y nos dijo que si era un ratito nomás no tenía problema. Ni preguntó de qué iba la historia, mejor. Caminamos media hora más por un sendero, el recorrido que hacen todos los días. La cámara encendida iba de mano en mano, los chicos apuntaban a su antojo: la avioneta del patrón sobrevolando los campos, zoom a los cerros o a ellos mismos conversando sobre la película. Un profesor de historia muy amable que vino con nosotros sacaba fotos. En una especie de asamblea-casting debajo de un quincho uno de los chicos se ganó el papel protagónico. Se llama Carlos Cruz, pero aclaró que ya tiene un nombre artístico, propuso Carlitos Cros.

 

Mientras escribo estos detalles para no olvidarlos, para recordarlos siempre, una anciana jujeña de pelo blanco esponjoso pasa delante de la despensa y nos miramos. Ahora es un viejo en bicicleta el que saluda, con su gorra azul. El sonido de las ruedas que se alejan se suma al tranquilo concierto. Otro sorbo de cerveza y la calle queda desierta. Ya hay luces encendidas en algunas ventanas, aunque el cielo sigue celeste.

 

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Metán, Salta

23 de septiembre. En la clase de la tarde hacemos un ejercicio de concentración. Nos sentamos en ronda y de espaldas. Cerramos los ojos, los cubrimos con las manos y esperamos las imágenes. Luego el que quiere cuenta lo que vió: “yo, a una mujer que se despide de su familia, en una terminal de micros”, “yo, a una chica que entra a un bosque”, “yo, a mi hermana que a esta hora justo debe estar llegando a Metán”, “yo, nada, pelotitas de colores, una boludez”, “a mi misma, en un puente sobre un río, arrojándome, y después nadando”, “una parte de una obra de teatro que hicieron en la escuela, sobre una chica que sufre en la casa y que lo ve a Cristo”, “yo, a una pareja con un carrito de bebé entrando a una iglesia”

En la plaza de Metán me cruzo con dos alumnas, con sus guardapolvos blancos. Por la avenida avanza un coche fúnebre, seguido por un grupo de gente a pie. Las chicas están tentadas de risa y me piden con los ojos que nos alejemos del muerto y sus amigos. Están contentas porque parece que convencieron a la esposa del intendente de que les preste su boutique para la filmación de mañana.

 

24 de septiembre. En casa de Nancy, una de las ¨productoras¨ del corto, esperamos al resto del equipo. Mientras pongo a cargar la batería de la cámara ella atiende el kiosco. Miramos la tele, un canal de videos latinos. Comparto la intimidad de su aburrimiento de sábado a la tarde. Su hermanito se hace el escondido en la cocina. Podríamos hablar, pero preferimos no decir nada, cruzamos una mirada o una tímida sonrisa cada tanto.

Van llegando sus compañeros, leemos el guión, movemos una mesa, colgamos un espejo en la pared. Antonella, la actriz principal, se pone una remera de Attaque 77, se pinta los ojos de negro. Nancy también se maquilla, alguien trae el cartel del título: “Una historia diferente”, lo grabamos. Bulimia y alcoholismo juvenil es el tema, lo dicen a cada rato. Que quede claro. 

 

Antonella, el personaje, se ve gorda. Por eso come y vomita. Al pasar delante de un cartel que la invita a ser Miss Jujuy se pondrá seria. Es extraño este cartel en Salta, pero muchas paredes de Metán lo tienen pegado, allí se ve a una chica rubia, nadie diría que es ju jeña. Tres horas más tarde estamos grabando las últimas tomas. Nelson, el único varón del grupo demuestra ser un actor muy entusiasta, toma cerveza del pico y finge vomitar, en este corto todos vomitan, en un baldío.

 

Antes de presentar el corto, en la escuela, subimos todos a un escenario. Hace unas horas tapábamos la cámara con una campera para que una lluvia leve no la dañara. Necesitábamos a otro chico para una escena con beso y Nancy fue a buscar a su primo. Llegó y no costó demasiado que le coma la boca a una de las chicas, contra una   pared del callejón del cementerio. En la plaza de Metán grabamos la escena final, el encuentro de los dos personajes que se desploman uno sobre el otro, sentados frente a una fuente. En el televisor de la escuela todos observan en silencio esa imagen. Abrazado a los chicos, tirado en el suelo, miro a la rectora, mujer muy dura. Termina la escena final y llegan aplausos. Todavía tenemos el pelo y la ropa mojados.

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Bermejo, Bolivia

En un puesto callejero del mercado de Bermejo una joven vende películas piratas en dvd. En su televisor en la vereda se ven imágenes de lucha libre entre dos mujeres bolivianas. Coreografías en la tradición de Santo o Karadajián, pero en versión femenina. La Esmeralda es la favorita del público, es la buena.   Frente a ella, una enmascarada con gesto feroz recibe la ayuda de su entrenador para darle una golpiza. La puestera cierra los ojos cada vez que a su heroína le llega su castigo a cuatro manos. ¡No! ¡Pero salí de ahí! La cámara muestra al público también indignado, cholitas que gritan sobre las gradas de un gimnasio modesto.

Un olor dulce me atrae, cruzo la calle. Chancho frito. El plato incluye arroz y papas. Almuerzo junto a una familia silenciosa, mirando las chalanas que van y vienen cruzando el angosto río que apenas tiene agua. Me gusta esta soledad acompañada. Veo pasar a mis compañeros, Daniela, Pablo, Coco, Gabriel, cada uno con sus compras, nos saludamos. Se acercan.  y nos reímos de un logo de Sony demasiado trucho. Entre cervezas paceñas, se va haciendo la hora de regresar. Siento las manos vacías, el deber de comprarle algo al mercado. Cruzo y vuelvo felíz con mi bolsa de coca fresca, un gorro reversible y tres dvd: Fusil, metralla, el pueblo no se calla, Los hermanos Cartagena y Cuestión de Fe.

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Descargar Camalote #1

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Taller abierto de Kamishibai en MICA

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