El tren ya pasó

Escrito en 2004, en el taller de escritura coordinado por Claudia Prado, y publicado en la revista Tokonoma 10. Gracias a Amalia Sato por confiar en este texto, a Claudia por animarme a escribirlo y por compartirlo en tu nuevo blog “en un rincón de mí nacerá una planta”

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EL TREN YA PASO
A la memoria de Mario Oscar Posadas

 

Son las diez de la mañana, estoy preparándome un café batido, en el sótano de la Librería Rodríguez. A esta hora los dueños todavía no han llegado y la mayoría de los empleados disfrutamos de una breve sensación de libertad. Mis compañeras del salón de ventas aprovechan para ponerse al día sobre hijos, escuelas, maridos; lo mío es inventar una excusa, un envío atrasado para algún cliente, bajar las escaleras, poner agua a calentar y buscar algún solitario rincón del sótano para batir mi café instantáneo. Solo después de este ritual ya me siento despierto del todo y con el humor necesario para subir al salón y encarar a los clientes del día.
Esta mañana, mientras estoy bebiendo los primeros sorbos, suena el teléfono en el fondo del depósito y enseguida la voz de Cristian, el encargado, me dice que me buscan. Voy hasta el aparato y tomo el tubo, la cajera me pide que suba al local, porque mi madre me está buscando.
¿Está ahí, con vos?

Dejo la taza sobre un escritorio y camino hacia las escaleras.

A los seis años, el día que mi abuelo murió, un día de invierno de 1980, aprendí de la mano de mi madre y para siempre, que cuando un familiar aparece inesperadamente en el lugar menos pensando, para buscarte, es que algo malo sucedió.
Cuando la veo en el local, observando el piso con rostro serio, acelero el paso. Son unos pocos segundos, ella no se atreve a empezar a hablar y yo contengo preguntas desesperadas. Es increíble que en tan poco tiempo puedan desfilar tantas imágenes de seres amados en peligro, en un incomprensible orden de aparición. Finalmente mi madre habla:
Tu papá
¿Qué pasa?
Hace el gesto que me temía, un gesto muy suyo, una sonrisa temblorosa, como un sí y un no al mismo tiempo, que intenta contener de antemano el dolor del interlocutor ante unas palabras que inexorablemente vendrán, una sonrisa que por lo general no logra su objetivo, detener el propio sufrimiento, y se cubre de lágrimas.
¿Qué? ¿Qué pasa?
Tuvo un accidente, está muy grave.
No le creo, sé que mi viejo se mató y lo pregunto.
Está… muy grave
Termina de decirlo y me abraza.

Juan me pregunta si comí algo. No sé, le contesto. No lo recuerdo. Hace varias horas que estoy en este salón y me siento mareado. Se ofrece para traerme algo y yo le pregunto si está con el auto. Me contesta que sí y parece alegrarse de poder hacer algo. Me pongo de pie y busco a mi hermano, que está a pocos metros, semidormido en un sillón.
¿Vamos a un kiosco, a comprar unos sandwiches?
Abre los ojos y sin decir palabra recoge su campera. Siento la necesidad de avisarle a alguien que salimos por un rato, pero no sé a quién.
Es un pequeño recreo, desde el Volkswagen las calles de Barracas se ven oscuras, pero las luces rojas de los automóviles dan una borrosa idea de perspectiva. Llegamos a un puesto de comidas para taxistas en una estación de servicio. Comemos unas hamburguesas, hace frío, nos reímos de algún chiste que hoy no puedo recordar.

Aún no amaneció cuando mi tía Haydeé sale de la casa funeraria para buscar el diario recién impreso. Regresa a los pocos minutos con un ejemplar de Crónica bajo el brazo. Se sirve café y se sienta en uno de los sillones de la sala de estar. Avanza rápidamente las hojas hasta la sección policial y allí encuentra lo que buscaba, la noticia.
¡Acá salió!, se dice a si misma y todos la escuchamos. Me produce cierto malestar verla, colocándose sus anteojos con ansiedad. Lee durante un minuto, en silencio. Después llora. Llora ruidosamente, con el diario arrugándose en su mano, apretujado. Mi primo se acerca y la abraza.
Pará un poco, viejita, le dice.

Como la mayoría de los colectiveros mi viejo era lector de Crónica. Siempre que podía compraba el ejemplar vespertino y se metía en un bar de la Boca cercano a la terminal de la 152. El resultado de las carreras o un inminente atentado. Lo llevaba bajo el brazo, es una imagen que retengo de él, la camisa celeste, la cartera de cuero negra, el Crónica doblado. Ahora, cuando hojeo el diario que mi tía dejó abandonado sobre un sillón no siento rechazo por mi propia curiosidad, y tampoco puedo evitar un pensamiento absurdo: si no se hubiera quitado la vida mi viejo probablemente hoy estaría leyendo otra noticia que ocuparía su lugar. Para los redactores del suplemento policial la noticia de su muerte no mereció un lugar privilegiado. Otro suicidio más espectacular ganó la página. Un hombre que intentó matar a su mujer y luego se pegó un tiro. Ilustrada con una foto de la casa en donde ocurrió la tragedia, la nota termina y aparece un pequeño recuadro; allí sí hablan de él. “Otro se tiró del Puente Avellaneda”. Me golpea esa frase, redactada a las apuradas por algún periodista que seguramente recibió las mismas palabras que nos dijeron en la comisaría, pero telefónicamente y como un trámite más.
Cómo aceptar que nuestro padre sea otro muerto del Crónica, uno más en la fosa común de los días de su diario favorito.

Desde uno de los autos grises, con un suspiro celebro la aparición de esa guirnalda de ropa sencilla. Como una paleta de colores tendida sobre una soga, en una terraza, que la mañana ofrenda para entretejer o reconstituir el mundo desde allí. La noche y sus mareos quedan un poco atrás, son las nueve o las diez de la mañana. En el coche de los familiares más cercanos, el segundo de una breve caravana por una ciudad nueva y desconocida, mi hermano y yo observamos en silencio los edificios, las veredas, los caminantes, el cielo claro, acaso demasiado limpio esta vez, entre las ramas que pasan. En algunas esquinas la gente se detiene por un instante para persignarse ante el coche, ante un nombre. Un hombre desconocido, escondido para siempre de sus miradas. Yo agradezco ese gesto, esa complicidad. Ana, la mujer de mi viejo mira hacia adelante. Por la ventanilla veo a mi amigo Andrés pedalear en su bicicleta. Fue el último en llegar al velatorio, justo antes de que la comitiva iniciara el trayecto hacia el cementerio. Escapó de una guardia nocturna en su trabajo. Llegó y me abrazó sin decir palabra. Los choferes aguardaron el saludo e inmediatamente indicaron con un gesto, amable, protocolar, que ya era hora de partir. Ahora Andrés pedalea con todas sus fuerzas siguiendo los autos. Se mantiene lo más cerca que puede, lo veo en el espejo retrovisor. De pronto los coches aceleran demasiado, y él tiene que detenerse. Con un brazo en alto hace una señal de despedida.

Pasan los días reglamentarios de duelo y me reincorporo al trabajo. Cada abrazo de los compañeros, los gestos tímidos de algunos, cada silencio, son caricias inmensas que rozan algo que cambió para siempre. En mí, agradezco a cada uno sin palabras. Subo las escaleras rápidamente y me pongo a trabajar. Ordeno libros en los estantes, busco algo para limpiarlos. No tengo ganas de atender clientes, ni de conversar. Necesito ocupar la mente en algo abstracto, juntar polvo con un trapo anaranjado. Cerca del mediodía, veo a Juan atravesar la puerta del local. El viejo Rodríguez, como es su costumbre, sospecha de él y lo sigue desde la planta baja al salón de ventas en el primer piso. El viejo Rodríguez siempre ve en mis amigos a un posible ladrón. Eso me divierte y enfurece al mismo tiempo. Dejo correr un par de minutos, a propósito, antes de acercarme; el viejo Rodríguez como un perro de policía olfatea los movimientos de su sospechoso. Juan me busca, le pido que me aguarde un momento, se arrima a los estantes de poesía y toma un libro. El guardián avanza un poco más. Como haría cualquier cliente que se siente asediado, mi amigo gira la cabeza para mirar al viejo a la cara. Me acerco y nos abrazamos durante un buen rato. El viejo se aleja, tal vez avergonzado. El abrazo entonces ya no es contra el patrón, se convierte en una trinchera y me olvido dónde estoy.
¿Estás bien?
Sí, bien
¿A qué horas salís a almorzar?
No sé, ya, voy a avisar
Salimos del local abrazados. Caminamos hasta Lavalle y entramos en la pizzería Roma. Mientras el pedido llega, Juan saca de una carpeta unas impresiones que hizo de un rastreo en internet sobre Akutagawa. Son haikus. Yo nunca había oído hablar de los haikus. En unos pocos minutos Juan me explica la métrica, las claves, algo de la historia y de la evolución del género. El tampoco sabe tanto, en realidad se topó con ellos buscando otra cosa. Me parece un juego, así es como Juan me lo hace ver. Me muestra unos suyos y unas traducciones que hizo del inglés, entre ellas, el haiku del viejo estanque y la rana que salta. Hablamos de esas miniaturas durante todo el almuerzo, incluso nos animamos a componer unos haikus a dúo. Terminamos la comida y salimos a la calle, el sol, los colores de la gente. Vuelvo a mi puesto con ganas de saber más sobre estos pequeños poemas. En la librería encuentro un libro de Issa Kobayashi. Me paso la tarde leyéndolo. Luego intento componer un haiku y me animo a escribir: El viejo beso / susurró ¿qué palabra? / Amanecerá.
Son varios meses, casi un año en torno al haiku. Harto de mi trabajo, renuncio y viajo al sur. Con Mónica, a ella la echaron. En cualquier lugar, a cualquier hora, en las noches de insomnio, en la montaña, busco algún papel y me siento para escribir. Es como un remedio, ella dice.
Hago haikus solo y, a veces, con amigos: un verso cada uno. Así van juntándose. A fines del año 2000 reúno los 36 que más me gustan y hago una pequeña antología casera que reparto en una terraza alrededor de un pequeño fuego. Mónica ya no está.

Cuatro años después, mi hermano y yo hacemos un viaje en tren a Zárate, para firmar unos papeles. Zárate es el pueblo en donde el viejo pasó varios años de su infancia y en donde vivió el abuelo, un tipo muy severo, al que nunca conocimos. Cuando el hombre murió, los tíos de Zárate pusieron en venta su casa. Nos dicen que parte de esa herencia nos corresponderá el día que se concrete la venta. Pero no pensamos en eso sino en la extraña situación, compartir este viaje de un día, gracias a un trámite legal inesperado. Mi hermano y yo jamás hubiéramos programado algo así. Miramos a través de las ventanillas del tren en silencio, comentamos algunos detalles de las estaciones, que a medida que el trayecto avanza parecen cada vez más precarias. Luego, a partir de un momento, el paisaje se vuelve campo, casitas, árboles inclinados por el viento, alguna fábrica. Es un viaje gris, pero a lo lejos se ve una grieta de claridad en el cielo. El vagón no tiembla mucho, saco un anotador y por una vez mi hermano y yo compartimos el juego de escribir algo juntos. Entre los dos, un par de haikus. Los recuerdo bien:

Aquel caballo / bebiendo su reflejo / cubierto de hojas
El charco une / nubes y renacuajos / respetándose
Luego mi hermano toma el lápiz y escribe un haiku él solo:
El niño espera / con piedras en sus manos / el tren ya pasó

Un recuerdo o un sueño. Invierno. Duchándome en la casa de papá. Destapo la botella de champú. La crema de enjuage. Todo tiene un olor suyo. Cierro el agua. Apoyo los pies sobre una toalla. Busco en el botiquín la crema de afeitar. Uso su brocha, me afeito, tranquilo. Un golpecito en la puerta.
Hasta mañana, hijo -me dice.
Abro la puerta. Hasta mañana, pa. ¿A qué hora entrás a laburar?
A las tres.
Despertáme y te saludo.
Mejor dormí.
Nos miramos a los ojos en silencio. Leo un gesto de cansancio muy antiguo.
Me besa en la frente para no mancharse.

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abril 29, 2012 at 8:45 pm 5 comentarios

La megaminería de las corporaciones no es desarrollo

febrero 21, 2012 at 10:09 pm 1 comentario

Alasitas / Otro mundo (más pequeño) es posible

Comparto unas fotos que saqué en la Feria de Alasitas 2012, realizada en Parque Avellaneda, y organizada como todos los años por el colectivo amigo Wayna Marka. Se trata de una celebración antigua y paceña que cada 24 de enero transforma a la ciudad de La Paz, Bolivia, en una galería interminable de puestos callejeros que ofrecen miniaturas/deseos de prosperidad. Una vez adquiridas las miniaturas, deben pasar por el ritual de la ch’alla, rito andino que incluye una rociada con alcohol o vino, pétalos de flores, humos dulces y oraciones que mezclan tradiciones prehispánicas y católicas. Hace unos años, cuando viajamos con Eva a Bolivia para asistir a la primera asunción de Evo Morales, el descubirmiento de las alasitas fue una sorpresa felíz que marcó un antes y después del viaje. Cargados de miniaturas regresamos, repartimos entre amigos, y contamos hasta el hartazgo la anécdota del vendedor de billetes que ofrecía mil dólares por un peso boliviano! En el mundo de las alasitas no hay Banco Mundial ni FMI que dicte las reglas, aquí mandan el Ekeko de la abundnacia, los toros de la seguridad, los gallos del amor y la fe de los paseantes.

Gracias a Leo, Wayra, Lourdes y todos los compañeros de Wayna Marka por ese gran esfuerzo que es hacer una réplica (en miniatura, como corresponde) de la gran feria paceña en Buenos Aires. En breve, el video.


 

febrero 12, 2012 at 12:51 am 1 comentario

temporada

Un viaje de 30 minutos con música de Jerónimo Escajal (de su segundo disco, Ora) acompañada de imágenes seleccionadas y remezcladas por Diego Maxi Posadas.

Pastiche. Elaborado con extractos de siglo pasado. Dedicado a los grandes cineastas François Truffaut, Robert Bresson, Andrej Tarkovski, Vera Chytilová, Michelangelo Antonioni, Charles Laughton, Al Jarnow, James & John Whitney, Walt Disney y Len Lye que son aquí reunidos / puestos a dialogar por el puro placer de viajar otra vez en su compañía.

Paisajes revisitados, fundidos entre sí, sin permiso, como en los sueños.

Temporada fue proyectado por primera vez en el ciclo de conciertos breves Club del Logro, Buenos Aires, enero de 2012.

Fotografías de Dina Cantoni. Producción del evento: Ricardo Cabral

enero 31, 2012 at 1:14 am Deja un comentario

La internacional serigrafista

[Coq+imprimé.jpg]   Agradezco al joven agente secreto Dugudus, residente en París (Cuba) la visita que me hiciera en mi casa en la calle Moscú (Buenos Aires), para intercambiar experiencias serigráficas. Este entusiasta y amable activista gráfico  se dedica a agitar las pupilas parisinas que parecen haberse olvidado del mayo del 68 y sus legados. Está escribiendo una historia del afiche político cubano de los 60-70, tras una estadía en la isla, y también integra junto a un puñado de veteranos de la gráfica política francesa (algunos ex integrantes de Grapus) un nuevo colectivo llamado CGT atento a las luchas laborales, culturales, políticas de sus pagos. Y de otros pagos también: hay planes secretos de regresar a Sudamérica y cruzar la cordillera, pero no puedo dar detalles por el momento, solo un advertencia: remeras lisas de Chile, prepárense.

En su cuidado blog Dugudus ha reseñado su paso por Buenos Aires y ha dejado testimonio de su simpatía por el Taller Popular de Serigrafía y la editorial Eloísa Cartonera. Los invito a conocer a este nuevo amigo de la casa, la causa.

http://duguduss.blogspot.com/2012/01/taller-popular-de-serigrafia-en-marcha.html

 ah, y gracias por esta foto pret-a-POSTER

enero 18, 2012 at 12:59 pm 3 comentarios

Feria este domingo


Invita el colectivo serigráfico El Ovillo, que se presenta en sociedad con sus afiches y remeras. Dibujos de Julia Masvernat, Santiago de Paoli, Diego Maxi Posadas, entre otros. Revistas Tokonoma, Ricardito, Al oído. El libro Cuentos Japoneses para niños. Discos surtidos y más. Los esperamos!

Domingo 18 de diciembre, desde las 16 hs.
Moscú 5297 (esq. Altolaguirre) Parque Chas.
A una cuadra de Av. Los Incas al 5200

Los acerccan el subte B, el 80, el 87, el 111, el 127 y cualquier tipo de bicicletas

diciembre 14, 2011 at 3:07 am Deja un comentario

Pequeña postal guerrera

FLIA 19 / Bonpland 1660, sábado 10 y domingo 11 de diciembre 2011

https://i2.wp.com/www.retrovisiones.com/wp-content/uploads/2010/08/Arma-de-instrucci%C3%B3n-masiva.jpg

PEQUEÑA POSTAL GUERRERA. Por dmp / Publicado en el blog de la revista Al Oído

Hay una guerra allá afuera, y te estoy invitando. Esto cantaba una y otra vez una de las dos niñas que, micrófono en mano, bailaban e improvisaban acompañadas por una base hip hopera de uso comunitario. Luminosas, nos hicieron bailar y delirar a todos los que estábamos en la Feria del Libro Independiente y (A), puesteando lo que hacemos, en familia, como siempre, cuando la tarde del sábado empezaba a bajar. Cantaban y bailaban en la calle Bonpland, a las puertas de la Asamblea de Palermo y el Mercado Recuperado, y protegidas del circular de los autos gracias al Arma de Instrucción Masiva (foto prestada de otra batalla) que cortaba uno de los accesos y permitía la feria. Frontera anti frontera, guerra anti guerra. Después nos enteraríamos de que Hay una guerra allá afuera, y te estoy invitando es parte de una letra de Gabo Ferro. Una que nos recuerda a la del viejo Leonard Cohen, la que dice Hay una guerra entre el rico y el pobre, una guerra entre el hombre y la mujer, una guerra entre el que dice que hay una guerra y el que dice que no hay guerra. ¿Porqué no vuelves a la guerra? Pero  qué bueno no haber tenido esta información en la cabeza mientras las niñas, hijas de libreros y editores independientes, agitaban y parecían estar inventándolo todo, como antenitas con pollera de este random epocal.

Gracias a todos los compañeros que sostienen esta batalla de amor a base de libros, equipos de sonido y cervezas artesanales al hombro. Y nos vemos en las próximas FLIAs

http://feriadellibroindependiente.blogspot.com/

diciembre 13, 2011 at 12:58 am Deja un comentario

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